La era de los “nuevos talentos”

El arte ha sufrido una mutación, se evidencia la banalización de la autonomía y perfeccionamiento de sus musas para adentrarse en un mundo inaugurador de talentos.

Por: Jennyfer Solano Betancourt.

Estudiante de Comunicación Social- Periodismo y de Licenciatura en Español y Literatura. Semillero senior del grupo de investigación Cultura y Región de la Universidad Autónoma del Caribe

En la sala de recepción de un medio de comunicación estaban sentados: un cantante de reggaetón, su manager, un hombre que se hace llamar ‘El Pibe’ y su hermano, quien promocionaba su nueva canción ‘grita gol’, la cual compuso para homenajear a la selección Colombia.

El aire de la sala se empezó a llenar de pitos y gritos, las notas no se escuchaban ni las melodías se distinguían. El nuevo cantante de tez morena lucía unas gafas verdes fluorescentes y un sombrero tricolor. Se paseaba de un lado a otro, contrario al ritmo de la pista que sonaba; mientras decía con el mismo tono desafinado de su canción: “Con mucha humildad tengo que decir, señores, que Dios me regaló este talento”.

Quizás la época en la cual se veneraba a los artistas ya pasó. En tiempos de la ilustración e inclusive en muchos movimientos del siglo XX, aún se hablaba del arte con respeto y admiración. El imaginario colectivo de un músico en tiempos de Chopan, Mozart o Beethoven estaba asociado a valores de importancia cultural tan determinantes que sus obras terminaron siendo perdurables, se pensaba en los artistas como personas cultas, intelectuales, disciplinados.  Muy contrario al imaginario en tiempos de Diomedes, Poncho Zuleta o Maluma.

El hecho de que facultades de comunicación y diseño estén llenas de estudiantes que sueñan con ser actores, músicos, pintores se debe en gran parte a que, en la actualidad, no se mira con respeto a los artistas.

 A muchos de ellos le negaron estudiar lo que deseaban porque el arte es para “flojos, bebedores, desorientados, drogadictos” e inclusive incultos. Y la verdad es que este imaginario no está de gratis, sino recordemos en cuantos conciertos se les ha robado el dinero a los espectadores cuando los cantantes debutan borrachos, sin el mínimo respeto a su arte, cantando desafinados justificándose en lo que muchos llaman ‘El estilo vallenato’. O cuantas letras se apartaron de la musa literaria para hacer una venia a la misoginia y el sexismo.

El talento dejó de significar en las escuelas de artes para conceptualizar nuevas narrativas y formas intersubjetivas de personas que pretenden espectacularizar antes que glorificar.

Hoy se le reconoce como talentoso a cualquier bobo que habla rápido y edita videos haciendo muchos cortes, como también, son talentosas las mujeres que posan mostrando su cuerpo ante las cámaras o qué decir de la gran habilidad de los artistas plásticos para crear discursos filosóficos que sustenten su ‘arte conceptual’ en vez de crear obras que trasciendan el proceso ornamental, que generen dudas y estremecimiento. Era así como desde el siglo XVII se pensaba en el arte moderno.

No se trata de hacer un reconocimiento a la mojigatería ni al tradicionalismo; pero no es posible, o al menos, es sorpresivo que el arte haya mutado a actividades tan artesanales ni que el talento sea el nombre con el que se designe a los nuevos oficios que causan una fama fugaz. Ahora, se habla de un arte de emergencia que ha creado un complot con los medios de comunicación, lo cuales mediatizan cada vez más estas prácticas.

Parece, entonces, que los nuevos talentos se encuentran incluidos en el festín de lo efímero, tienes tanto para elegir, pero ¿Qué de eso perdura? La misma lógica del mercado nos ha hecho pensar que el arte se comercializa, es un producto más de consumo: se usa, se desecha y se reemplaza.

Sin embargo, esta banalización del arte no es algo nuevo. Hay quienes han escrito inclusive libros o han preparado discursos muy bien elaborados para explicar obras como el cuadro blanco o la composición 4’33’’ de John Cage, que aún me queda la duda de llamarla una obra musical; ya que está compuesta, de inicio a fin, de silencios.

En una ocasión alguien intentaba entender esa nueva idea del arte. Mientras esperábamos el almuerzo puso su celular en la mesa, al tiempo que decía que la tecnología se ha vuelto la comida necesaria de los humanos, luego puso sobre este unos cubiertos en forma de cruz y regó picadillos de galleta sobre toda la mesa, empezando desde el celular, como si cayeran de este, cuando añadía: “…y ha logrado saciarnos cuando nuestra vida se va desboronando en mil pedazos”. Luego, como todos buenos espectadores y admiradores nos quedamos observando su gran obra, intercambiando discursos filosóficos, a los que vulgar y sabiamente le llaman palabrerías.

 

Nos quedamos un buen tiempo tratando de diseñar una nueva teoría que eche al carajo los años de trabajo de Van Gogh, Obregón, Miguel Ángel o de cualquiera de los vanguardistas que innovaron con el Dadaísmo, el Cubismo o el Surrealismo. Y fueron tantos los discursos que surgieron para tratar de mitigar el fatigoso descubrimiento del espectador en frente de la obra del artista, que no quedó más preguntas, solo esta: ¿Para qué pensar en una justificación si la obra sería recibida con los mismos aplausos de los que no entienden a Chejov a Picasso, a Bach, ni a Dalí? Ha llegado, pues, la era de los “nuevos talentos”.

 

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