Palmira, Pueblo Viejo: la peor masacre es el olvido

Por. Víctor Castellanos

Estudiante de Comunicación Social y Periodismo. Universidad Sergio Arboleda 

(Primer entrega). 

Año 2000. Eran las cinco de la tarde y la noche se adentraba por el horizonte de la Ciénaga. La tranquilidad de un pueblo pacífico y sereno que en 200 años no había tenido la necesidad de tener policías, parecía haberse acabado desde hace más de un mes.

Ahora, algunos habitantes de Trojas de Cataca no dormían, con miedo a que las amenazas y las advertencias se materializaran en acciones, a que llegara el fatídico suceso, y llegó.

A lo lejos del cenagal se veía un puñado de balsas que parecían acrecentarse conforme llegaban a la orilla. En ellas, 50 personas que a simple vista parecían ser del ejército de Colombia, desembarcaron en el pueblo.

Eran los paramilitares, aquellos que por más de un mes habían sembrado el horror con panfletos regados por todo el pueblo, amenazando a la población pero ese día arribaron al lugar.

Ya días anteriores, en su camino a Cataca, habían asesinado a seis pescadores que se encontraban realizando sus labores. Amedrentando a sus habitantes con fusiles automáticos, reunieron a todos, niños, hombres y mujeres en la plaza del pueblo, no sin antes raptar a los que se encontraban en las casas palafíticas ubicadas sobre el agua de las ciénagas.

Trojas de Cataca es un pueblo ubicado en la parte oriental de la Ciénaga Grande de Santa Marta, en la desembocadura del río Aracataca, donde la actividad económica más importante era la pesca, actividad que se había convertido también en símbolo autónomo y a la vez tradición en la vida de los cataqueros.

Esther Garizábalo, víctima del desplazamiento por el conflicto armado

Las autodefensas fueron saqueando las casas del sector, con amenazas de violaciones a las mujeres y de muerte para los hombres.

Los fueron llevando a la plaza del pueblo. Así lo relata Ester Garizábalo: “Yo estaba cocinando, y les dije que me dejaran terminar que después yo iba, enseguida me dijeron que no, que no íbamos a demorar mucho. Me tocó dejar entonces el caldero puesto”.

Octavio Garizábalo, víctima del desplazamiento forzado por la masacre de Trojas de Cataca 

“Las horas transcurrieron desde el encierro hasta el amanecer, las mujeres que esperaban por sus hijos y esposos no podían pensar más sino en la suerte de sus familiares. Los hombres llenos de pavor y coraje tuvieron que aguardar toda la noche en la iglesia, escuchando a sus raptores hablar de gasolina, de muerte y otras palabras que sólo acrecentaban el temor” relató Ester.

Las 500 familias que vivían en Trojas de Cataca se diezmaron considerablemente y sólo 30 volvieron después del suceso.

El lugar que antes era un paraíso, que había sido por más de 200 años hogar de miles de pescadores del Magdalena, comenzó a quedarse solo, poco a poco los habitantes atemorizados por la tragedia y las amenazas aún latentes emigraron a varios municipios del Magdalena como Tasajera, Ciénaga, Pueblo Viejo y Fundación.

Pasado el día después de la masacre, los Garizábalo decidieron mudarse a Palmira, un corregimiento de Pueblo Viejo donde vivía un hijo de Ester, que al igual que Octavio, eran miembros de esta familia.

Sin embargo, la decisión de irse fue lejos de ser fácil, incluso Ester recalca con una melancolía acongojada que de haber una tienda, aunque sea una sola, no se hubiesen ido, pero ya era imposible comprar alimentos, así que no hubo otra opción.

Casa actual de Ester Garizábalo en Palmira, Pueblo Viejo, Magdalena.

Marbeluz Garizabal recuerda la vida en Cataca como un lugar cómodo, donde vivía con su esposo y sus tres hijas, donde trabajaban vendiendo arepas y bollos.

“Fue muy duro el desplazamiento porque ya teníamos nuestras vidas hechas, no nos faltaba nada. Llegar acá fue pasar trabajo, nosotros queríamos reubicarnos, pero nadie nos ayudó”. Afirma Marbeluz, con visible tristeza.

La mirada de aquellos que vivieron alguna vez en Trojas de Cataca se llena de nostalgia, de una felicidad pasajera al recordar la vida que llevaban allá, las fiestas, la tranquilidad, la abundante pesca.

“Allá vivíamos sabroso”, comenta Octavio. “Eso era un paraíso. Vivíamos en una riqueza”, añade Ester. A pesar de esto, las familias que volvieron son muy pocas. Las que lo lograron, empezaron a devolverse por pocos periodos de tiempo, puesto que en el pueblo tenían muchos animales que no podían dejar perder.

Uno de los cambios más bruscos es la notable diferencia en la producción pesquera, en trojas de Cataca abundaban los camarones, diversos tipos de pescados y sólo era necesario aproximadamente cinco horas diarias de pesca para producir lo suficiente, en cambio en Palmira pasan hasta siete días sin poder pescar lo necesario, a veces sin pescar nada.

Esto claramente representa un impacto económico en la región, una diferencia abismal, entre los 800.000 pesos que podían hacerse en los siete días, cuando vivían en Cataca, a los ínfimos cinco mil pesos que a veces logran ‘pescar’ en Palmira.

Marbeluz Garizabal en su actual viviendo, Palmira, Pueblo Viejo, Magdalena.

De la misma manera, la señora Garizabal recalca la diferencia en la producción pesquera de su antiguo hogar con respecto a Palmira, esto, sumado a la mortandad de peces que todos los años se presenta, hace aún más precaria la situación económica, por lo que le ha tocado buscar otras formas de ingreso económico.

Los problemas de una población que viene sufriendo desde el año 2000 parecen no acabarse. La falta de agua no es la única problemática en Palmira, los servicios básicos que deben ser suministrados por el Estado, prácticamente no existen, la luz se va al menos una vez al día, no hay alcantarillado ni acueducto, entre muchos problemas más.

Uno de ellos es la acumulación de basuras que se genera al lado de las casas y sobre la Ciénaga. Al no tener alcantarillado, los habitantes tienen que arrojar sus desechos sobre el agua o muchas veces quemarlos.

Del mismo modo, son los propios habitantes quienes tienen que recoger las basuras, haciendo ellos mismos, brigadas de limpieza, a veces ayudados por grupos religiosos, pero casi nunca por el Estado.

Basuras sobre la ciénaga en Palmira, Pueblo Viejo.

Es claro que la situación del corregimiento es bastante precaria, pero uno de los grandes problemas radica en que estas dinámicas propias de un pueblo abandonado y alejado de sus derechos como ciudadanos, se naturalizan y pasan a constituirse como actividades ‘normales’ del sector.

La diferencia es que como Ester, Octavio y Marbeluz existen personas que en casi 17 años no se han acostumbrado a esto, al contrario, añoran volver a sus tierras, a la vida que describen como ‘sabrosa’ y buena, al pueblo que un febrero les fue arrebatados por los paramilitares.

 Y es precisamente el abandono estatal hacia estas personas desplazadas por la violencia, la que se mezcla también en el olvido profundo y extendido hacia Palmira, donde ni a ellos ni a los habitantes del pueblo el Estado les ha respondido.

Así como Marbeluz, como toda la familia Garizábalo y aquellos que tuvieron que abandonar sus hogares en Trojas de Cataca, existen muchas personas desplazadas por un conflicto atroz, una realidad muchas veces lejana a la de las ciudades, a aquellos que no han sufrido la guerra directamente y que sólo tienen miradas discriminativas, o lo que es peor aún, de indiferencia cuando éstos llegan a las urbes.

A pesar de la terrible tragedia sucedida el 10 de febrero del 2010 en la que murieron varios civiles inocentes, por la que muchas familias tuvieron que abandonar sus hogares y alejarse de sus seres queridos, la peor masacre es el olvido, un olvido latente y tan vil como las propias balas, un abandono tan vivo como los muertos que no se olvidan, como el horror de aquella noche sufrido por una población relegada por el Estado, por su patria, un pueblo que aún espera respuestas y soluciones a un dolor que parece no acabar.

 

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