Documentalista venezolana es atracada a punta de pistola en playa de Santa Marta

La periodista realizaba un trabajo para mostrar historias de paisanos suyos migrantes que tratan de abrirse camino en la Costa Caribe. Tres bandidos se le llevaron 2 meses de trabajo.

Por Yenibel Ruiz

La tarde del lunes 14 de agosto afinaba los últimos detalles del documental que me había tomado dos meses de arduo trabajo. Soy periodista venezolana y llegué a Santa Marta el 17 de junio para grabar un documental sobre los migrantes venezolanos que cruzan por la frontera de Paraguachón, en Maicao, y se instalan en esta ciudad. El viaje fue posible gracias al apoyo de la escuela de periodismo de la Universidad de Texas en Austin, Texas.

Mi última toma fue una de mis entrevistadas, Policarpa, fuera de su área de trabajo y su casa. En la imagen, la última que grabaría, se le ve compartiendo con familiares que vinieron a visitarla: mira hacia el horizonte, ve el sol ocultarse en el bello Mar Caribe, específicamente en Playa Dormida, una playa que se ubica entre Zuana y el aeropuerto, al lado del sector Cristo Rey.

Esa no era la primera vez que hacía tomas en Playa Dormida. Antes había estado allí y conocía bien la amabilidad de los pescadores, su don de gentes. Pero ellos mismos están bajo sospecha al ser los “intermediarios” y al conocer a los ladrones que cargaron con mis pertenencias y las de mis entrevistados.

En casi dos meses de trabajo había conseguido más de veinte entrevistas realizadas con mi celular, filmaciones con una pequeña cámara Panasonic en diferentes locaciones (Casco Histórico de Santa Marta, la Bahía, Taganga, la Quinta de San Pedro Alejandrino) y también fuera de Santa Marta: en La Raya, Maicao y una corta visita a Venezuela que me permitió constatar por qué los venezolanos migran en bandadas hacia las costas de este país.

Como dije antes, el 14 de agosto coronaba dos meses de trabajo con esta toma en playa Dormida. Sin embargo, luego del atardecer y justo al abordar el vehículo en el que nos trasladábamos, tres sujetos empañaron la reputación del samario.

No alcancé a prender el carro cuando un arma de fuego estaba apuntándome directamente al estómago y una mano desconocida en mi pecho trataba de inmovilizarme diciéndome:

—¡Dame las llaves del carro! ¡No grites y dame las llaves del carro!

Con sorpresa, y sin entender muy bien lo que pasaba, repliqué:

—¿Qué?, pero ¿cómo?, ya va, espérate.

El joven trigueño, de ojos negros, y de aproximadamente 21 años, sólo me repetía como un mantra:

—Dame las llaves del carro, quédate tranquila, no hagas nada, dame las llaves del carro —decía mientras trataba de quitarme el bolso que tenia en las piernas y me empujaba hacia atrás.

Comencé un forcejeo absurdo para tratar de salir del carro y proteger mi equipo, consciente de lo valioso que era el material que allí estaba, las historias que los migrantes me habían encomendado, las imágenes, las declaraciones de autoridades locales y nacionales, Santa Marta y sus paisajes, Santa Marta y sus cientos de habitantes decentes.

El ladrón seguía tratando de evitar que saliera del carro y para amedrentarme cargó  el revolver como indicando que iba a disparar. No sé si fue por los nervios, pero el arma no me parecía real. Sin embargo, no quitaba la mirada de allí, como si con eso pudiese controlar la bala que eventualmente saldría de aquel objeto.

En ese instante, que ahora se repite en mi cabeza una y otra vez, recuerdo haber pensado: “si voy a morir, que no sea dentro del carro”. Pensaba que en el carro nadie me iba a encontrar. Fue uno de esos pensamientos sin sentido que pasan por la mente en situaciones extremas.

A mi lado, Rafael, uno de los familiares de Policarpa, ya había sido revisado y despojado de sus pertenencias por el otro sujeto y en la parte de atrás del carro, la hermana de Rafael había entregado el bolso al tercer atracador.

Policarpa estaba detrás de mi y no entendía lo que sucedía. Pero al ver el arma apuntándome, agarró el trípode de mi cámara y, como pudo, a través del pequeño espacio que hay entre el cinturón de seguridad y el asiento, le golpeó la cabeza al ladrón.

Con esa maniobra agarré fuerzas y empujé con el bolso al delincuente para que me dejara salir del carro (con esa idea absurda de no morir dentro de él). Allí estaba mi cámara, celular, lentes de la cámara, mi monedero con mi identificación, cuadernos de notas de reportaje, baterías y varias tarjetas de memoria para la cámara.

Todo fue muy rápido. En medio de la oscuridad, al salir del carro, grité por ayuda a los pescadores, que estaban a 30 metros de allí. Los mismos con quienes minutos antes habíamos departido. Los mismos que ya habían recibido la solicitud de ayuda por parte de Rafael, quien luego de ser robado corrió hacia donde estaban. Los pescadores  no reaccionaron tan rápido como cuando atrapan el pescado en sus redes. Fueron, mas bien, parsimoniosos y desentendidos.

Al salir del carro, con el impulso solté sin querer el bolso y con ello solté también las historias. Los tres delincuentes salieron corriendo por la calle dejando en el camino  un par de sandalias de goma blanca que se les soltaron en la huida.

Como no todos los pescadores están involucrados, como presumen las autoridades, uno de ellos llamó a la policía al 123, número de emergencia en Santa Marta. No tuvo éxito. La policía no llegaba y yo no quería salir de allí sin escolta policial. Lo intentamos de nuevo, esta vez pude hablar con un operador de esa línea y explicarle el caso.

El funcionario me indicó que no sabía dónde queda playa Dormida. Le imploro que por favor se comunique con el cuadrante de la Paz para que nos ayuden porque estaba  muy nerviosa.

A los cinco minutos llegó la policía del cuadrante de la Paz , nos tomaron la declaración, nos pidieron un número de contacto y nos ayudaron a salir del sitio.

En la noche, todavía temblorosos, nos contactó el mayor Diego Enciso, comandante de la zona de Rodaderos, para comenzar la investigación del caso.

Debo decir que la policía ha sido muy diligente hasta ahora. También los periodistas de la zona manifestaron su preocupación y enviaron muestras de apoyo.

Como si se tratara de un velorio, los amigos que he hecho en mi estadía, mandaban sus condolencias. Y sí, era un velorio, el velorio del material perdido, de las historias.

***

Al día siguiente con la cabeza aún aturdida por lo sucedido, fui entrevistada por compañeros de la emisora Fuego Stereo, a quienes agradezco el apoyo.

Rendimos declaraciones a la Comandancia de la Policía de Santa Marta. El mayor Enciso nos recibió y nos dejó en manos del personal del departamento de investigaciones criminalísticas, quienes nos han brindado apoyo durante el proceso.

Mientras prestábamos nuestra declaración, los pescadores que habían obtenido el número de teléfono de contacto que habíamos facilitado la noche anterior a los funcionarios, nos llamaron para servir de “intermediarios” entre los delincuentes y nosotros. Ellos decían que querían ayudarme a recuperar los objetos.

Sin embargo para devolvernos las pertenencias, los delincuentes nos pedían a cambio cuatro millones de pesos. No disponíamos de ese dinero y tampoco de la condición temeraria necesaria para negociar con bandidos.

No accedí a la extorsión.

En una de las llamadas, el pescador me comunica con el delincuente quién se identifica como venezolano pero con un acento nada parecido al de mis compatriotas. Éste se disculpa por haberme despojado de mis cosas. Argumenta que la intención es no robar a los paisanos y que “lamentablemente la vida nos encontró aquí en Santa Marta”. Suscribo lo de “lamentablemente”.

Para esa hora, los ladrones habían bajado la suma a un millón y medio de pesos por recuperar los papeles, las memorias y posiblemente pero sin garantía, el celular. La cámara ya no era parte de la negociación. Los funcionarios que no me abandonaron en ningún momento descartaron que fuese venezolano.

Los delincuentes que huyeron a pie con nuestras pertenencias y 60 días de reportería el lunes 14 de agosto, no sólo se llevaron los equipos, sino la esperanza de migrantes venezolanos de ser escuchados. Se llevaron sus historias de dolor, sus penurias, su tránsito y sus comienzos de una nueva vida como extranjeros. El material que estos delincuentes hurtaron, probablemente en complicidad de alguno de los pescadores de Playa Dormida, no es la cámara ni el celular, son vidas allí reflejadas y experiencias que una vez más y por el destino quedaron en el silencio.

La investigación continúa. Regreso a Texas, con el sabor amargo del robo pero con la fortaleza y apoyo que me brindaron la mayoría de los samarios que no están representados en estos tres delincuentes de poca monta. “Hay que tener fe”, me dicen los funcionarios del departamento de investigaciones del comando de la policía de Santa Marta. Y yo tengo fe en que recuperaré mis equipos y mis historias. Al fin y al cabo, la esperanza es lo último que se pierde.

Paradójicamente no me robaron los equipos en Caracas, una de las ciudades más peligrosas del mundo, sino en Santa Marta, una de la ciudades más seguras y hermosas de la costa colombiana.