Colombia el paraíso de la corrupción. Todas las semanas un nuevo hecho sorprende por su espectacularidad y en el país nada que se produce una sanción social  

Por. Humberto Coronel N.

En Colombia todos deberíamos aprender y seguir el ejemplo de los habitantes del barrio María Eugenia. Un peligroso sector del sur de Santa Marta donde sus residentes a provecharon el fin de semana para celebrar durante dos días la cancelación de la credencial de Milton Piña. Un concejal que en vez de apoyo recibió el rechazo de sus electores por la poca gestión que emprendió para que la Alcaldía adelantara obras en ese sector tan necesitado de la capital del Magdalena. Una sanción social a alguien que nos representa por no hacer bien su papel.

Ante los medios los moradores expresaron sentirse contentos por el fallo del Consejo de Estado de nulidad electoral porque “Piñita” el concejal, se mudó del barrio, se apartó de la gente que lo eligió varias veces, pero sobre todo, no gestionó recursos para que en María Eugenia se mejorara la infraestructura de los parques, brindara seguridad o se resolviera el problema de las inundaciones cada vez que llueve, entre otras tantas necesidades.

Desde el mismo viernes 7 de julio, cuando se conoció la noticia, los vecinos de Piña prendieron los equipos de sonidos y comentaban en las terrazas el fraude electoral por el cual le anularon la elección. Por la noche el negocio de “Chiry” se llenó y la venta de cervezas se dispararon porque los habitantes de ese populoso sector sentían que por lo menos una vez en Colombia ocurría una acción justa en contra de un político quien durante tres periódicos no le retribuyó nada a sus votantes.

Esta acción democrática, en la que aún el sábado en María Eugenia sus moradores repetían a viva voz que por Piña no se votaría más, contrasta con la pasividad y poca trascendencia social que han tenido los diversos hechos de corrupción que se han destapado como consecuencia de no tener una guerrilla de las Farc a la cual culpar de todos los males del país.

Ya desaparecido  el gran enemigo de las fuerzas militares, empresarios y la mayoría de los líderes políticos con sus partidos, Colombia vuelve a ser “el paraíso de la corrupción”, peor a aquel que mencionó el Nobel de la literatura el 31 de diciembre de 1997 cuando despidió la última emisión del noticiero QAP, luego de que el gobierno de Ernesto Samper sacara una ley que revocó la prórroga del informativo porque era una gran piedra en el zapato.    

La última semana de junio y la primera de julio terminaron y comenzaron respectivamente con varios hechos deplorables que desnudan la imagen de la sociedad descompuesta en la que vivimos. Algunos  representantes de los poderes en los cuales se cimienta la democracia más vieja de Sudamérica no han podido dejar peor parada la institucionalidad colombiana. Lo triste es que nadie dice nada. Nadie hace nada.

La última semana de junio el director nacional anticorrupción de la Fiscalía General de la Nación, Luis Gustavo Moreno, aprovechó una comisión especial de trabajo en Miami (USA)  para exigirle y recibir dinero del ex gobernador del departamento de Córdoba, Alejandro Lyons, investigado por la misma Fiscalía por concierto para delinquir e interés indebido de contratos, entre otros delitos.  Cabe recordar que Carolina Rico Rodríguez, esposa del fiscal en mención, estuvo presa en 2011 por tráfico de estupefacientes.  

La primera semana de julio el Secretario de Seguridad de Medellín, Gustavo Villegas, fue capturado por las autoridades por concierto para delinquir y nexos con el crimen organizado. Según la Policía el funcionario sacaba provecho económico de beneficios que les entregaba a los cabecillas de “La Oficina” una tenebrosa organización criminal dedicada a la extorsión, tráfico de drogas y asesinatos en Medellín y Antioquia.

Como si estos hechos de descomposición social no fuesen suficientes esta semana inició con el matrimonio del ex alcalde de Magangué (Bolívar) Jorge Luis Alfonso López, quien está condenado a 39 años de prisión por el asesinato de un periodista en su municipio. Jorge Luis es hijo de la empresaria de las apuestas Enilse López conocida como ‘La gata’, también condenada a 37 años de prisión por los delitos de homicidio y concierto para delinquir. Una familia ejemplar.

Hoy el director de la cárcel El Bosque de Barranquilla y varios funcionarios del Inpec fueron relevados de sus cargos porque permitieron al interior del penal una tremenda fiesta para la celebración de la boda donde además de los excesos en la decoración, trago, comida e invitados, llovieron billetes de 50 mil pesos en vez de arroz.

Definitivamente este es un país con una clase social muy indiferente o muy acostumbrada a la corrupción para que sus habitantes no se estremezcan ante escándalos tan fuertes como el de la construcción de la Refinería de Cartagena, Reficar, una obra proyectada en 4.000 millones de dólares y que al final costó más de 8.000 y aun no hay ninguna persona presa. En Brasil cuya economía es 100 veces mayor a la colombiana el ‘Lava Jato’, corrupción por 3.000 millones de dólares, significó la caída de un presidente y el encarcelamiento de varios ministros.

O que decir del pago de 11 millones de dólares en sobornos de la multinacional Odebrecht a congresistas y altos funcionarios del gobierno de Santos y Uribe para que le adjudicaran la construcción de la Ruta del Sol II.  O del expresidente de la Corte Constitucional Jorge Pretelt suspendido del cargo por el Senado porque halló pruebas de que el magistrado pidió un soborno de 500 millones de pesos para favorecer una tutela de la extinta fiduciaria Fidupetrol.

Esta aceptación social de la corrupción le cuesta al país un desangre de 50 billones de pesos al año. Según Edgardo Maya Villazón, Contralor General de la República, esta cifra serviría para pagar durante dos años las mesadas de los pensionados de Colombia. Plata que sale de nuestros bolsillos, pero ninguno dice nada, ni siquiera hay una condena social como en Argentina, donde a los políticos ladrones la gente le grita corruptos al verlos en la calle, los hace bajar de los aviones, salir de las tiendas en los centros comerciales o dejar de comer en los restaurantes.